Desde la Inopia

Crónicas de la cuarentena del COVID 19

Aniversarios

Hoy, siete de septiembre, se cumplen 15 años de que salí de México y me mudé a Manchester, en el Reino Unido. Había conseguido una beca Conacyt para estudios de doctorado en el extranjero y estaba listo para incorporarme al grupo de investigación en la Escuela de Materiales en la Universidad.

Cumplido mi objetivo, regresé a México también un 7 de septiembre, pero de hace 10 años. En menos de dos meses ya estaba en Saltillo incorporándome al grupo de Ingeniería Metalúrgica en el Cinvestav. Ahora sí no puedo decir que el tiempo se pasó pronto, realmente puedo sentir esos 10 años en las experiencias, trabajo y en las canas de mis sienes.

Dejo aquí un recuerdo de las canciones de esos cinco años que pasé en la Ciudad de Alcohol y Lluvia que es Manchester, en la Pérfida Albión, a la que llamé la Isla de la Soledad, aunque me diera grandes amistades.

Ingenuidad

Fue realmente ingenuo de mi parte pensar que la cuarentena por el COVID-19 me iba a dar tiempo de sobra para retomar el blog. Cuando comenzó todo esto, estaba seguro que los días transcurrirían lentos y aburridos y que sólo era cuestión de sentarme un rato al teclado para que fluyeran las palabras.

Se ha terminado mi primera semana de encierro (la segunda para mi hijo) y no ha habido un solo día en que haya podido sentarme a no hacer nada. Me levanto relativamente temprano (6:30), le doy a comer a nuestra perrita y la saco al patio a que juegue. Pongo el café y me pongo a trabajar. Siempre hay correos que contestar, tesis o artículos que revisar. Para las 10 de la mañana comienzan las videoconferencias. A esas horas mi hijo ya está en pie y mi esposa le da las lecciones que nos mandaron de la escuela.

A eso de la una dejo de trabajar y me pongo a ver al niño o a hacer de comer (según nos pongamos de acuerdo). La tarde es para recoger la cocina, hacer algún arreglo menor en la casa y cosas así. También vemos algo de tele con mi hijo (la hemos conseguido limitar a menos de dos horas por día). Para las 6 de la tarde, salimos al parque de enfrente a patear un rato un balón o intentamos que la perra aprenda trucos básicos.

Después de las 8 cenamos algo ligero, es hora de bañarnos (sobre todo con el calor del norte de México) y pasamos a leer historias. Para entonces ya todos estamos tan cansados que se tienen que aventar mi versión libre del Hobbit, donde no me acuerdo del nombre de ningún enano (salvo de Thorin Escudo de Roble). Se acaba el día y no tuve tiempo ni de responder alguna dinámica de Twitter.

Así las cosas, hoy sábado que no hay escuela en casa y que puedo posponer 20 minutos el ponerme a responder correos, aproveché para aporrear este post, aunque sea breve. Tal vez tenga que empezar a despertarme más temprano para alcanzar a escribir algo todos los días.

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Ramos Arizpe, Coahuila
México

Home office

Hoy por primera vez voy a dar una clase en línea. Estoy seguro que para mucha gente, es una realidad de su trabajo. En estos tiempos donde el internet es más rápido y estable, múltiples instancias venden cursos en línea y las herramientas son estables, funcionales y útiles. El precio varía, hay licencias que me parecen extremadamente caras y otras que son completamente gratuitas. Pero como siempre, dado que ahora tengo para elegir, me toca quejarme.

Primero se me ocurrió usar Slack, la herramienta de colaboración que me permite mantenerme en contacto con los tesistas del laboratorio. La versión de Slack que tenemos, sin embargo, es la gratuita. Tiene muchas limitaciones pero para el diario funciona bien. Sin embargo, una limitación fundamental para la clase es que no permite compartir el escritorio. Para eso hay que pasar a un plan de pago. Ni modo.

Posteriormente pensé: Me haré Youtuber. Así que con eso en mente estuve viendo opciones para poder hacer un video digno de subirse a esta plataforma. Me llamaba la atención usar la función de Live para poder tener comentarios en tiempo real y mejorar la participación en la clase. Además, los servidores de YouTube son extremadamente robustos y si alguien no puede estar a la hora de la clase, puede verla después sin mayor problema. A pesar de esto, producir un video con buena calidad, alternando entre pantalla y cámara, no es tarea sencilla. Así que no le seguí por ahí.

En el trabajo nos ofrecieron usar Microsoft Teams, del cual tenemos una licencia de sitio. El software se ve robusto, con características similares a Slack y sin la limitante de la licencia gratuita. El problema aquí surgió cuando vi que para poder usar Teams, todos los participantes deben contar con una dirección electrónica del trabajo. Todos los estudiantes tienen una, pero pocos la usan, pues prefieren usar las personales. Dada la premura, decidí dejar de lado Teams, pero la opción me gusta mucho por la posibilidad de compartir archivos y por lo robusto de los servidores de Microsoft.

Me comentaron sobre Zoom, pero ya no me dio tiempo de verlo con calma, además de que tiene una limitante de 40 minutos por sesión en la versión gratuita. Así que después de un rato me decidí por Skype. El grupo está listo y estoy esperando que den las nueve para iniciar. Mientras tanto, le hice llegar a los estudiantes varias tablillas de lotería (Bingo, mejor dicho) hechas por la gente de RedPenBlackPen. A ver quién gana en cada sesión. Creo que faltó, sin embargo, una casilla de “Mi hijo quiere decir hola”. Ya les contaré cómo me fue.

dtradd
Ramos Arizpe, Coahuila
México

Día uno

La última vez que me tocó pasar por un pandemia, fue hace once años, cuando la influencia tocina influenza porcina H1N1. En esa ocasión el origen del virus fue México, pero a mí me agarró fuera de aquí. Pasaba esos días en Manchester, en la Pérfida Albión. Estaba justo a la mitad de la escritura de mi tesis doctoral y tenía el horario completamente movido. Trabajaba en el documento de 11pm a 4am y el resto del día lo gastaba juntando “inspiración”. No me fue difícil lidiar con el encierro, en eso estaba finalmente. Además, a pesar de que el número de fallecimientos fue significativo, la influenza de entonces no fue tan grave a nivel global. Si eso fue efecto de que respondió bien a los fármacos o a los esfuerzos de aislamiento, no me queda claro.

Lo cierto es que con la experiencia de entonces, tomé muy a la ligera cuando comenzaron a escucharse casos fuera de China. Pensé que poco a poco la enfermedad se iría controlando y que, en realidad, todo acabaría como en el 2009: Con muertes que lamentar (si bien no tan graves como los modelos predecían), pero con lecciones aprendidas que nos permitirían enfrentar mejor la siguiente amenaza biológica. Sin duda, no sería complicado enfrentar un encierro prolongado como lo hice entonces.

Por supuesto, me equivoqué en tres aspectos fundamentales. El primero fue que menosprecié la gravedad de esta enfermedad. Hay múltiples fuentes mucho más claras de lo que yo podría escribir que confirman lo peligroso de esta pandemia, por ejemplo, lo que los compañeros han escrito en Avance y Perspectiva. La enfermedad existe y el costo humano, económico y social que dejará será enorme.

El segundo aspecto en el que me equivoqué fue que ahora ya no estoy solo en el mundo. Tengo una familia, formada por mi esposa YV y por mi hijo FF. FF tiene un poco más de cinco años y es un niño muy inteligente y avispado. El tratar de explicarle por qué tiene que pasar cinco semanas encerrado no está resultando tarea fácil.

Por último, no es lo mismo ser un estudiante de posgrado, que un coordinador de programa académico. Las responsabilidades han crecido también en el plano laboral y la indicación es clara: No son vacaciones adelantadas, es una cuarentena para mitigar la propagación del virus. Así que hay que encontrar tiempo para seguir trabajando y no descuidar a los tesistas, a los estudiantes de asignatura y al programa de posgrado.

Así las cosas, aunque ya nadie lee blogs, he decidido reabrir Desde la Inopia. El nombre siempre me gustó y resulta adecuado para estos tiempos. Ahora, como entonces, escribo para mí. Aunque el que me lean es algo bienvenido, sin duda alguna. Siento que si no escribo, las siguientes semanas serán más complicadas. Así que, por aquí nos leeremos.

dtradd
Ramos Arizpe, Coahuila
México

Laguna del Rey

Hace ya varios años, cuando era un niño, me preguntaba qué opciones habría para poder desarrollarme en las áreas de mi interés en ciencia y tecnología. En esos días vivía en San Juan del Río, Querétaro, un lugar que no dejaba de ser pueblo para convertirse en ciudad. Mi inquietud era compartida con varios de mis compañeros con el mismo gusto por la ciencia. Era difícil pensar en que se podían encontrar opciones para conocer centros de investigación o participar en ferias de ciencia como las que veíamos en las series importadas.

Avance rápido hasta la preparatoria. El colegio católico donde estudiaba tenía una orientadora vocacional que estuvo cerca de alejarme de las áreas que me gustaban. ¿La razón? No tenía claros los campos de oportunidad de las diversas carreras. No olvido que a un amigo le dijo que si estudiaba Ingeniería en Sistemas se la iba a pasar cambiando discos. A mí me dijo que si estudiaba física iba a terminar de maestro de preparatoria porque en México no se podía hacer carrera como científico. Como nota aparte, creo que el trabajo de orientador vocacional es muy delicado y no debe dejarse a gente que desconoce la realidad de las profesiones y el ambiente laboral.

El punto es que hasta finales de la década de 1990 yo no creí que hubiera un futuro para hacer ciencia en México. Esto cambió cuando cursé la maestría y conocí a la comunidad científica mexicana. Ahí comenzó el viaje que me llevó a ser ahora profesor del Cinvestav. ¿Qué edad tenía cuando me di cuenta que sí era posible trabajar en estas áreas en México? 22 años. ¿Algo tarde, en particular comparado con cómo se descubren y encauzan las vocaciones científicas en otros países? Sin duda.

Hace unos días el Consejo Estatal de Ciencia y Tecnología de Coahuila, me pidió ser parte del comité científico para evaluar a los proyectos participantes en la Feria de las Ciencias e Ingenierías. En la evaluación se destacó un proyecto realizado por estudiantes del Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos del Estado de Coahuila, CECYTEC, de la localidad de Laguna del Rey. El sistema de CECYTEC ofrece estudios de educación media superior a los muchachos del estado. El proyecto que presentaron, llamado Renovalact, consistía en un protocolo de investigación para evaluar la efectividad de un tratamiento anti-acné. El tema estaba bien presentado y en la evaluación que realicé lo consideré el mejor de todos para representar al estado a nivel nacional.

Esta semana los muchachos del CECYTEC expusieron su trabajo en el evento nacional. Su trabajo fue merecedor del primer lugar en la categoría Medicina y Salud. Este triunfo les permitirá participar en el certamen internacional a realizarse en Phoenix, Arizona.

Y para mí, lo más impresionante, es que Laguna del Rey es una población que no rebasa los 4,000 habitantes. Está muy cerca del Bolsón de Mapimí, en una zona muy poco poblada del país. Me llena de esperanza el ver que esos muchachos de escasos 16 años, salidos de una población mucho más pequeña que San Juan del Río hace 20 años, sean capaces de destacar de esta manera. Me ilusiona también el ver qué existen las condiciones en el país para que ellos presenten este tipo de trabajos.

No cierro los ojos ante la realidad de que existen muchas carencias en el país. Discutirlas es un tema amplio y escabroso. Pero este triunfo del CECYTEC Laguna del Rey debe ser motivo de orgullo para todos.

Cinco años

El autor de este abandonado blog ha cumplido ya cinco años en el norte de México. Al llegar a estas latitudes, me propuse muy seriamente dedicarle más tiempo al blog. Pero claro, es muy difícil hacerlo cuando el trabajo y la vida se interponen entre el teclado y uno mismo. Pero ahora que se cumplen estos primeros 5 años de este trabajo, quise sentarme un rato a escribir. Remember, remember, the fifth of November, como dicen por ahí.

En términos estrictamente profesionales, han sido cinco años muy agradables. En este tiempo he tenido varios proyectos industriales, graduado 5 estudiantes de maestría y publicado 4 artículos. Definitivamente pude haber publicado más, pero es difícil iniciar con un tema de investigación nuevo. Quiero extender un poco más este punto. En mi doctorado trabajé con aluminatos de titanio, una familia de materiales particularmente interesante en términos de deformación a nivel microestructura. Mi trabajo se limitó a estudiar los mecanismos de deformación de estos materiales, mientras me eran suministrados por la Universidad de Birmingham. Por otro lado, tenía acceso a toda una serie de equipos de vanguardia, lo cual me permitió caracterizarlos a un alto nivel. Trabajé con microscopios electrónicos de barrido de emisión de campo, con difracción de rayos X en fuentes sincrotrón, correlación digital de imágenes y tomografía de alta resolución.

Entonces, al llegar a México, me encuentro con que no puedo seguir con esta línea. Aquí nadie trabaja con este tipo de intermetálicos y el procesamiento, además de ser extremadamente caro, estaba fuera de mi experiencia. Los microscopios electrónicos a mi alcance no eran de emisión de campo y tampoco había posibilidades de trabajar con correlación de imágenes. Así que hubo que ponerse a trabajar para conseguir recursos para habilitar un laboratorio que me permitiera trabajar en cuestiones de deformación micro-mecánica y procesamiento de materiales avanzados.

Es mucho más fácil decirlo que hacerlo. Para que se den una idea, un sistema sencillo de correlación de imágenes está en el orden de un millón de pesos. Un microscopio de barrido de emisión de campo, en un millón de dólares. Y las convocatorias de Conacyt son muy competidas y, por supuesto, limitadas en el presupuesto. Básicamente es un círculo vicioso, no podía conseguir recursos de Conacyt porque no tenía un historial académico suficientemente fuerte en México y no podía construir dicho historial porque no tenía recursos.

Afortunadamente, surgió la opción que me permitió hacerme de recursos: Los proyectos vinculados con las empresas. En los últimos años, la vinculación academia-industria ha crecido de modo importante en México. Existen diversos programas que apoyan a este tipo de proyectos. Y aquí he tenido más éxito. He tenido ya 4 proyectos vinculados con las industrias y de este modo he ido armando el laboratorio. Tenemos ya varias estaciones de trabajo para realizar simulación numérica de deformación mediante el método de elemento finito, software especializado, un molino de laminación para procesar materiales en frío y en caliente y un sistema simple de correlación digital de imágenes.

Aquí tengo que señalar un detalle importante en la vinculación industrial. En México, casi todo el procesamiento de metales y aleaciones se hace en los sistemas de acero y aluminio. Sistemas con los cuales no estaba familiarizado. Así que para poder ofrecer los proyectos industriales, tuve que ponerme a estudiar nuevamente. Este esfuerzo dio resultado y ahora tengo la posibilidad de ofrecer varios servicios tecnológicos a las empresas, mismos que me permiten establecer el laboratorio para desarrollar la investigación básica.

¿He conseguido un buen equilibrio entre la academia y la industria? Es difícil decirlo. Apenas he podido realizar las primeras adquisiciones y en los próximos años éstas deben reflejar un incremento en la productividad científica, entendida como artículos publicados. Sin embargo, creo que los 5 estudiantes de maestría graduados muestran que no todo ha sido trabajo industrial. Y espero a inicios del próximo año graduar a mi primer estudiante doctoral.

En resumen, en términos académicos, tome la elección correcta al regresar a México y tomar este trabajo. No es fácil trabajar en estos aspectos en este país, pero es muy satisfactorio. Todos debemos contribuir desde nuestras respectivas trincheras para hacer algo por México. Estoy convencido que esto es lo que me toca hacer. Y espero con mucho gusto los siguientes 5 años.

Desvelos

A mí, al igual que a casi todos los mexicanos, me apasionaba el futbol. En el tiempo en el que estuve en la prepa, recuerdo que conocía el nombre de todos los jugadores, los equipos con los que estaban y sus características en el campo. Cuando llegó la Copa América de 1993, me emocioné siguiendo al equipo hasta la derrota en la final contra Argentina. Después, en el mundial de Estados Unidos, sentí la rabia cuando nuestros mejores jugadores fallaban en la serie de penales contra Bulgaria. Cuatro años después, soñé que Alemania podía ser derrotada, sólo para observar cómo Oliver Bierhoff nos mandaba de nuevo a casa. Y entonces llegó el mundial en el que por fin mandé al diablo a la selección mexicana. El de Corea-Japón 2002. Como recordarán, los partidos eran bastante tarde en nuestra zona horaria, así que había que desvelarse o verlos diferidos. México, como lo ha hecho en los últimos mundiales, calificó a octavos de final. Recuerdo haberme despertado en la madrugada, lleno de ilusión porque, después de todo, Estados Unidos era un equipo al que se le podía ganar. Lo que vi me hizo sentir mal, pero no por las razones de los mundiales anteriores. Ahora no me sentí enfadado ni frustrado. Me sentí estúpido. Mientras trataba de volverme a dormir, me sentí muy mal conmigo mismo. ¿Por qué tenía que colocar mis esperanzas en un equipo cómo ese? ¿Ese equipo de verdad me representaba? ¿Por qué perdía horas de sueño por estar esperando que por fin pasáramos al tan famoso quinto partido? Cuando desperté, ya había tomado la decisión. A costa de que todo mundo me llamara villamelón, de no volverme a emocionar en un mundial, iba a dejar de sentirme representado por El Tri.

Llegó el mundial siguiente, en Alemania. Para esas fechas, yo vivía en Manchester, Inglaterra. Claro que fuimos a los pubs a beber y a esperar algo del equipo, pero no me sentía con esperanzas de que ese equipo hiciera algo más que los anteriores. Recuerdo cómo los amigos colombianos me explicaban emocionados cómo se le podía ganar a Argentina. Yo les dije: “Hay pocas esperanzas, México es uno de los 16 mejores equipos del mundo. Pero hasta ahí. En una de esas dan el salto, pero no contra Argentina.” Y así fue. Lo mismo ocurrió 4 años después en Sudáfrica. Cuando México perdió, era algo ya esperado.

Por eso fue que esta selección no logró emocionarme. Todo mundo decía que esta vez era diferente, que El Piojo había podido lograr el cambio necesario para pasar a la siguiente ronda. Yo lo dudaba. México apenas había logrado calificar y era prácticamente el mismo equipo. Seguí los partidos sin emoción, esperando la casi segura clasificación a los octavos para luego estrellarnos contra nuestra realidad.

Y así fue, México perdió contra Holanda tras haber dado un gran partido. Veo a la gente enojadísima por el falso penal. Los veo y no consigo compartir su molestia. México sigue en el lugar que le corresponde en el fútbol. No fue el falso penal de Robben, fue la realidad de que México es uno de los 16 mejores del mundo, pero no de los 8 mejores. Tal vez algún día consiga colarse a los cuartos, pero será más un golpe de suerte que una auténtica evolución. De ahí a ser uno de los mejores 4 del mundo hay todavía un gran salto.

No quiero cerrar sugiriendo que el no preocuparse por el futbol lo hace a uno mejor persona. En absoluto. Si acaso, soy un mexicano desilusionado por el futbol desde hace 12 años. Pero sí quiero señalar que hay muchas cosas de las cuales deberíamos sentirnos orgullosos. A los mexicanos nos gusta cantar “Viva mi desgracia” y esperar que otros nos den la alegría que no conseguimos en el día a día. En vez de aplaudir los logros de otros, ¿por qué no esforzarnos en conseguir los propios? No es obligatorio que sea en un foro internacional. Cada pequeña victoria cuenta. El formar a buenos hijos, el cuidar de nuestros ancianos, el no ser parte de la enorme corrupción del país. Los ejemplos sobran, todos los conocemos pero tratamos de ignorarlos. Conseguir logros como esos no es fácil pero creo que por estos sí vale la pena esforzarse y desvelarse.

El norte amenaza con robarme

En esos primeros días traté de ponerme al corriente con mi familia en primer lugar y con los amigos en segundo. Esos días fueron agradables, pues finalmente sentía que podía relajarme antes de comenzar el post-doctorado en octubre. Disfruté de los festejos del bicentenario y comí todo lo que quise. Después de eso, me presenté en el centro de investigación en el que esperaba laborar los siguientes dos años. Me recibieron muy bien y en general me gustaron las instalaciones. El proyecto me agradaba y estaba listo para comenzar. Para festejar, quedé de verme con un amigo en un restaurante brasileño. Ahí encontré uno de los primeros problemas. Ese día no traía coche, así que se me hizo fácil caminar hasta una avenida principal y ahí esperar un camión.
Había olvidado que en México uno debe conocer las rutas por anticipado. En Querétaro los paraderos no tienen una descripción de la ruta. Así, vi bajar del cerro a rutas B, B2, 8, 8B y otras similares. Todas traían descrito su itinerario en una vistosa letra escrita con tinta para zapatos blanca. Yo sólo quería saber cuál se iba derecho por todo Pasteur, pero la gente bajaba y subía sin darme oportunidad. Como iba muy relajado, decidí pasar a un Oxxo, que ahora estaban en cada esquina, por unas pizzerolas aprovechando que habían regresado al menú recientemente.
Para cuando llegué al Oxxo me di cuenta que estaba ya muy cerca de una tienda de autoservicio. Preferí decirle a mi amigo que pasara por mí al estacionamiento y de ahí nos fuimos a comer. Después de haber sufrido con los elevados precios de Inglaterra, ir a comer a un buffet brasileño por poco menos de 200 pesos me pareció una excelente opción. Me puse al corriente con mi amigo, el cual también había estado fuera una buena temporada. Esa tarde regresé a San Juan del Río convencido que tendría una buena vida por los próximos dos años.
Fue entonces que la cantidad de correos solicitando trabajo durante la primera mitad del 2010 dio su fruto. Me llamó un investigador preguntándome cuáles eran mis planes ahora que había regresado. Le dije que pensaba quedarme en México, al menos por los próximos dos años.
Me enteré que tienes una oferta de General Electric – me dijo.
Qué rápido corren los chismes. Pues sí, sí me ofrecieron un puesto.
¿La piensas tomar?
No creo. Me ofrecen bastante dinero, pero creo que prefiero quedarme en México.
Me confesó entonces que el motivo de la llamada era sondearme. Saber si de verdad quería quedarme o que si me iba a ir a Estados Unidos. Quise saber por qué. Me respondió que el centro de investigación en metalurgia ubicado en Saltillo al que había mandado solicitud me estaba considerado muy seriamente. Me dijo que quedábamos 3 candidatos y que la posibilidad era muy alta.
No podía creer lo que me decía. ¿De verdad iba a poder trabajar para el sistema del cual había egresado de la maestría? ¿De verdad había hablado sólo para sondearme? Le respondí que si me llegaba esa oferta, la tomaría sin pensarlo.
Y, en efecto, la oferta llegó. Fue un correo electrónico muy breve y específico. Se me ofrecía la plaza de profesor investigador. Tenía que responder a la brevedad. ¿Qué hacer? La posibilidad de quedarme en Querétaro, en mi ciudad, con mi gente era muy tentadora. Pero la oferta de Saltillo era única. Sólo hay 600 plazas de ese tipo en México. El centro en particular es considerado como uno de los mejores en latinoamérica.
Por esos días hablé con la novia jamaicana. Le dije que la oferta que me hacían no era algo que pudiera rechaza tan fácilmente. Con el desparpajo que acabé detestando, sólo me dijo que no le impresionaba la oferta ni el centro de investigación. Además, agregó, era bien sabido que el norte de México era uno de los lugares más peligrosos del mundo. Terminamos riñendo por el teléfono y aunque no terminamos en ese momento, ya sabía que no había futuro con ella. Pero como casi siempre me pasa, no me atreví a decírselo.
Además, estaba el hecho que había conocido a alguien más. Prácticamente la misma semana en que regresé, unos amigos me presentaron a la que, a la postre, se convertiría en mi esposa. Al conocerla recordé lo especiales que son las mujeres mexicanas. En verdad su forma de ser destaca sobre el estilo mucho más seco y distante de las europeas.
Así las cosas, tenía que tomar una decisión. Tenía muchas ganas de quedarme, pero el post-doctorado era por tan solo dos años. Al término de éste, lo más probable es que no tuviera trabajo. Tendría entonces 2 años más de edad y me costaría competir contra otros investigadores más jóvenes. El irme al norte tenía muchas ventajas, era una plaza federal, muy bien pagada y con excelentes prestaciones. Pero era dejar nuevamente a mi familia, alejarme de la persona que acababa de conocer pero que quería conocer más.
La decisión no fue sencilla, pero al final todo se definió por la necesidad de asegurar el futuro. Mucha gente me decía que era un error irme al norte. Que a partir de San Luis Potosí, se llegaba a una tierra sin ley. Que no me iba a acostumbrar a vivir tan alejado del centro de México.
Yo sólo podía pensar que la mayoría de esa gente nunca había dejado su zona de confort. Finalmente, había pasado 5 años lejos de México, en una cultura completamente distinta. ¿Por qué no habría de acostumbrarme a vivir en cualquier parte de México?
Por otro lado, a pesar de que pueda sonar exagerado o incluso falso, la verdad es que no tenía miedo. Desde la epidemia de gripe porcina del 2009, no dejaba de sorprenderme lo rápido que la gente se acobardó. Se suponía que los mexicanos éramos una sociedad que cantábamos para no llorar. Éramos la sociedad que se dedicaba a hacer mofa de la muerte. ¿Qué había pasado? Todo mundo estaba paralizado por el miedo. Quien me conoce sabe que no soy precisamente una persona arrojada. Prefiero evitar pasar cerca de un perro de buen tamaño para evitar problemas. Pero eso no quiere decir que sea cobarde. México es mi país y a mi regreso me sentía todavía más identificado con él. ¿Por qué habría de limitarme en mi toma de decisiones el miedo?
La mayoría de la gente no sabe cómo es la vida en otros países. Existen muchos problemas que no resultan aparentes incluso para los turistas. En el Reino Unido existe un gran control sobre las armas de fuego, por lo cual los maleantes tienen que usar cuchillos. Eso no quiere decir que no las utilicen, sólo que están más restringidas. En el tiempo que estuve allá, unos tipos fueron a balear a otro que estaba tomando una cerveza en un bar, a un par de calles de Oxford Road, la calle principal de la Universidad. Yo pasaba todos los días frente a ese bar, pues me quedaba de camino a la escuela. En un gimnasio cercano, otros tipos fueron a matar a uno más que estaba haciendo ejercicio. En la misma calle en la que vivía, pero varias cuadras más lejos de la casa, habían acuchillado a un muchacho que se desangró frente a la puerta de su casa.
No es mi intención hablar mal de Manchester o de Inglaterra, ciudad y país que me recibieron con los brazos abiertos y que me dieron la formación que me permitía ahora tomar el trabajo que se me ofrecía. Pero sí quiero que quede claro que, como es la expresión popular, en todos lados se cuecen habas. Las cosas en México no podían estar tan mal como decían las noticias, me repetía una y otra vez.
Hacia mediados de octubre había tomado la decisión. Acudí a visitar al investigador con el que iba a trabajar en Querétaro, para informarle de su decisión. Después me enteré que él también había competido, infructuosamente, por una de las plazas en Saltillo. Después solicité dar una plática para conocer las instalaciones del nuevo centro de investigación. El coordinador académico estuvo de acuerdo y concertamos una fecha a inicios de noviembre para realizar mi primera intervención en mi nuevo trabajo y, efectivamente, mi nueva vida.

Regresando a México

La decisión de regresar a México, sorprendentemente, no fue tan difícil. Para enero del 2010, ya había terminado las correcciones de mi tesis y disfrutaba del invierno más nevado de todos los que me tocaron en el Reino Unido. Para ese entonces tenía una novia, más o menos formal, de nacionalidad jamaicana. Tenía frente a mí múltiples opciones de trabajo, gracias a que mis asesores gozaban de buena reputación en el ámbito académico. Así, tenía la oferta de irme a realizar un post-doctorado a la Universidad de Birmingham, otra de mis mismos asesores para quedarme 3 años más en Manchester, otra más para ir al INSA de Lyon en Francia y, la más importante, una oferta de General Electric.
Cuando conocí al reclutador de General Electric, yo era un estudiante de primer año de doctorado. Había asistido a un congreso de la MRS en Boston y ya me sentía muy feliz con eso. Él era el moderador de la sesión en la que yo participé y quedó muy impresionado con el trabajo de un alemán que presentó antes que yo. Cuando yo presenté, sólo me dio las gracias. 4 años después, me lo encontré en otro congreso y ahora sí le agradó mi trabajo. Me pidió que lo contactara y en poco tiempo GE me pagaba un vuelo para visitar su centro global de investigación al norte de Albany en el estado de Nueva York. La opción era sin duda atractiva, el centro global de GE era un sueño para cualquier ingeniero, más aún para uno recién egresado y necesitado de recursos.
Pero entonces intervinieron muchos otros aspectos que no había tomado en cuenta. La novia se había ido para Jamaica y ahora tenía planes para realizar un post-doctorado en Sudáfrica. Mientras tanto, yo sentía que había cumplido con el objetivo para el cual el Conacyt me había becado y ya era tiempo de regresar. No estaba del todo convencido de seguir fuera del país, aunque para entonces las noticias que llegaban hasta Europa no eran nada buenas. Se hablaba de balaceras en prácticamente todos los centros urbanos importantes. De secuestros, de una vida que ya no era posible sostener. Cuando volé hacia Estados Unidos compré un ejemplar de una revista (Newsweek me parece) que tenía como titular: Mexico meltdown. En esa revista se decía que México había alcanzado el punto de no retorno y la palabra clave era una que se repetía por todos lado: Estado fallido.
Comencé a investigar las posibilidades del regreso. Conacyt envía mensualmente a sus egresados un boletín con las oportunidades de trabajo. La verdad es que eran pocas en esos días. Hay que recordar que durante el 2009, el mundo vivió una recesión importante en prácticamente todos los sectores. Así que no había mucho de dónde escoger. De cualquier forma, no quería perder la oportunidad de regresar a México y comencé a buscarle.
Los resultados distaron mucho de ser ideales. Mandé mi CV a prácticamente todas las universidades y centros de investigación que solicitaban gente. No obtuve respuesta en la mayoría y las pocas respuestas que llegaron fueron negativas. Busqué incluso en universidades perdidas en la sierra, pero simplemente no conseguía una opción para regresar. Así estuve hasta que encontré la convocatoria de estancias post-doctorales del Conacyt.
Esta convocatoria me daba la oportunidad de regresar a México, incluyendo viáticos y menaje de casa y una beca para trabajar en un centro de investigación hasta por 2 años. Ahí estaba el problema, ya que en realidad todavía no había contactado a ningún centro de investigación y el cierre de la convocatoria se acercaba. Afortunadamente, un centro de investigación en Querétaro, mi ciudad natal, se interesó en someter un proyecto conmigo. No podía creer mi suerte, ahora tenía la oportunidad de regresar a México, a mi ciudad.
Como siempre, los imponderables hacen de los planes cera y pabilo. Mi decisión de regresar a México no le sentó bien a la novia jamaicana. En particular, no le agradó mi confesión de que no quería pasar el bicentenario del inicio de la independencia fuera del país. Así, nuestro relación quedó en entredicho. Claro, ella ya tenía su plan de emigrar a Sudáfrica, al parecer aprovechando la obsesión del mundial de fútbol.
Tomada la decisión de regresar, sólo había que comenzar a cerrar las cuentas, despedirse de los cuates y correrse unas cuantas borracheras para dejar adecuadamente al Reino Unido. Entre las ventajas de haber estado todo ese tiempo fuera del país, es que se puede solicitar una exención de pago de impuestos. Para tal fin, me dirigí a la embajada mexicana en Londres. Entrar ahí fue mi primer contacto con México. Las secretarias estaban chismeando alegremente cuando entré, platicando (aparentemente) sobre una fiesta que había estado muy bien en la que habíanse ligado galanes. Las expresiones que había casi olvidado “ahorita”, “péreme”, “deje ver” y algunas más, me hicieron sentir que ya estaba casi en casa. Me firmaron mi carta de menaje de casa en menos de una hora y armado con ese documento, envié 12 cajas con libros y posesiones varias.
Por fin se llegó la fecha: el 7 de septiembre, el mismo día en que había salido, 5 años antes, con rumbo a Inglaterra. Gracias a los diversos vuelos que tuve que hacer por el trabajo de la Universidad, tuve suficientes millas acumuladas para pagarme un boleto en primera clase. Desde que abordé el avión, pude disfrutar de la gente hablando de cosas como bautizos, negocios, impuestos y demás linduras mexicanas. El viaje fue muy agradable, aunque lidiar con casi 100 kg de equipaje repartido en 4 maletas es muy complicado, aún en un aeropuerto con maleteros como el de la Ciudad de México.
Al pasar por migración, la oficial se fijó en mi muy sellado pasaporte. Amablemente, me preguntó:
¿Cuánto tiempo pasó fuera de México?
5 años.
¡Qué bárbaro! Saliendo de aquí se me va corriendo por unos tacos. Es una orden.
¿Sabe? De lo que de verdad tengo ganas es de unos pambazos.
Lo que usted quiera pero que sea comida mexicana. Bienvenido de regreso.
Mi familia me esperaba en el aeropuerto y, después de 2 horas más, estaba de regreso en la casa paterna. Dormí muy cansado, tratando de recuperarme del viaje.
Al día siguiente, comenzó el impacto cultural para mí. México cambió notablemente en esos 5 años que estuve fuera. No fue solamente la violencia relacionada con el narcotráfico. El país al que regresaba claramente ya no era el mismo que había dejado. Por supuesto, yo tampoco era la misma persona y eso me iba a causar diversas sorpresas e incluso desazones en los días por venir.

Introducción

Salí de México en septiembre del 2005, con destino al Reino Unido, en particular a la ciudad de Manchester. Mi objetivo principal era completar mis estudios doctorales en ciencia de materiales. Tras haber estudiado algunos años y trabajado algunos más, sentía que era el momento en que tenía que conocer mundo, como se decía antes. Dejé la casa de mis padres a una edad relativamente mayor, sobre todo considerando los estándares actuales: 27 años. No era la primera vez que dejaba la casa paterna, pero esta iba a ser por al menos 3 años con mínimos regresos.
De mi estancia en el Reino Unido ya he hablado bastante. Durante los cinco años que estuve en Manchester mantuve, de manera un tanto inconstante, un blog llamado Desde la inopia. Todavía puede encontrársele en la red, ya que después de darlo de baja, decidí volver a darle vida. Me tocó ser parte del auge de los blogs en México, aunque nunca fui realmente un blogstar. Eso sí, hice varios amigos que trascendieron los comentarios electrónicos.
Mi regreso fue poco espectacular. Confieso que a veces sí esperaba algo más grandioso, pero me conformo con estar de vuelta. Al contrario de mucha gente que cuando salió de México tenía toda la intención de no regresar, yo siempre soñé con estar de vuelta, trabajando en el área en la que estoy ahora y desempeñándome en mis actividades actuales.
Podrían preguntarse el por qué de esta decisión, sobre todo a la luz de la oleada nacional de violencia relacionada con el narcotráfico. La respuesta es simple: Porque éste es mi país. Y porque México, a pesar de todos los problemas, todavía es casi el paraíso.
Tras haber fallado en anteriores ocasiones en completar mi novela de Nanowrimo, ahora participo en el Camp de primavera, esperando que esta colección de cuentos cortos me permita narrar mi reincorporación a este país tan hermoso y tan lleno de inmundicia a la vez.

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